Crecí en una ciudad que se desarrolla al borde de la montaña, que se desenvuelve al pie del valle y se bordea hasta donde la dejo avanzar el río, los edificios se pierden en medio de un bosque se levanta en cada esquina, hasta encontrarse con los primeros arboles que se adentran hacia la cordillera formando los farallones, en una ciudad destinada a ser conquistada por la naturaleza, contando siempre historias llenas de folclor y misticismo, una ciudad profundamente creyente, que conoce lo espiritual, pero que le gusta perderse en medio de fiestas y bailes aferrándose a lo material, y lo material en esta ciudad es efímero.