Ibamos cuatro, eramos niños aún, pedaleabamos en una carretilla que avanzo incesante por las calles infinitas de esta ciudad, hasta desembocar en un centro que se reconstruía, jamás pensé que años después esas mismas calles me verían pasar extasiado de placer, de noche, de calle, con el aroma de la gruta aún vigente sobre la segunda piel que me ponía, de nuevos las calles nos recibían.